El milagro de estambul. Hay noventa minutos en el deporte rey que duran toda una eternidad. Encuentros tan dramáticos e inverosímiles que escapan a cualquier lógica táctica o racional para adentrarse de lleno en el terreno de la épica y la mitología. Al repasar la antología de los partidos históricos de fútbol, existe una cita ineludible grabada a fuego en el corazón de los amantes del fútbol europeo: la final de la UEFA Champions League de 2005.
El 25 de mayo de 2005, el Estadio Olímpico Atatürk de Estambul acogió un choque de trenes culturales y deportivos. Por un lado, el AC Milan de Carlo Ancelotti, un equipo de ensueño plagado de estrellas mundiales y leyendas en plenitud de condiciones que habían sido campeones 2 años atrás en la final de Manchester contra la Juventus e incluso algunos también eran campeones del mundo con su selección como los brasileños Dida, Cafú o Kaká, . Una máquina perfecta diseñada minuciosamente para dominar Europa.
Por el otro, el Liverpool FC del técnico español Rafa Benítez, un bloque compacto, batallador y muy ordenado tácticamente, liderado por su eterno capitán, Steven Gerrard, pero sobre el papel, claramente inferior en talento individual.
Lo que se presuponía como una final reñida se transformó rápidamente en una exhibición de poder absoluto del conjunto italiano durante el primer periodo. En el primer minuto de juego, el eterno capitán Paolo Maldini cazó una volea tras una falta botada por Pirlo para poner el 1-0. El Liverpool quedó completamente aturdido.
Lejos de levantar el pie del acelerador, el Milan desplegó un contragolpe quirúrgico orquestado por un imperial Kaká. Dos genialidades del brasileño permitieron al delantero argentino Hernán Crespo anotar un doblete antológico en los minutos 39 y 44. Al sonar el silbato que indicaba el final de la primera mitad, el marcador reflejaba un humillante 3-0 a favor de los italianos. En las gradas y en los hogares de todo el mundo, la final se daba por completamente sentenciada. Nadie jamás había remontado tres goles en una final del torneo continental moderno.
Lo que ocurrió en el vestuario visitante del Atatürk sigue siendo objeto de estudio. Animados por el cántico ensordecedor del «You’ll Never Walk Alone» que miles de aficionados británicos entonaban a pesar de la goleada, los jugadores del Liverpool salieron transfigurados. Benítez introdujo cambios tácticos clave, dando entrada a Dietmar Hamann para liberar a Steven Gerrard en ataque.
Lo impensable comenzó en el minuto 54. Gerrard conectó un soberbio cabezazo al segundo palo para batir a Dida y encender la mecha de la esperanza (3-1). Apenas dos minutos después, el centrocampista checo Vladimír Šmicer sacó un zapatazo desde fuera del área que se coló pegado al poste (3-2). La zaga del Milan entró en pánico absoluto. En el minuto 60, Jamie Carragher filtró un balón al área, Gennaro Gattuso derribó a Gerrard y el colegiado decretó penalti. Xabi Alonso asumió la responsabilidad; Dida detuvo el lanzamiento inicial, pero el propio centrocampista español recogió el rechace para reventar la red (3-3). El Liverpool había empatado el partido en una ráfaga mística de tan solo seis minutos.
El partido se estiró de forma agónica hasta la prórroga, donde el Milan recuperó el control. En los últimos minutos del tiempo extra, el guardameta polaco del Liverpool, Jerzy Dudek, realizó una doble parada milagrosa a bocajarro ante Andriy Shevchenko que todavía hoy parece desafiar las leyes de la física.
En la decisiva tanda de penaltis, Dudek emuló las famosas «piernas temblorosas» de Bruce Grobbelaar en 1984 para desestabilizar a los lanzadores italianos. Serginho y Pirlo fallaron sus disparos, y finalmente Dudek detuvo el lanzamiento definitivo al mismísimo Shevchenko. El Liverpool se coronaba campeón de Europa por quinta vez en su historia completando la mayor gesta jamás vista en una final. Estambul se consagró como la capital del drama futbolístico, regalándonos uno de los mejores partidos de la historia.
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